Prólogo literario

Prólogo literario al cine procesual

“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”

                                                            Jorge Luis Borges

La noción de work in progress se debe a James Joyce y al modo en que concibió y fue publicando su Finnegans Wake. Pero hay otra genealogía más certera y menos canónica para acercarnos al cine procesual. Una genealogía más subterránea y precisa, más subalterna y periférica, que nos conduce hasta un argentino contemporáneo de Joyce.

Se trata del trabajo de escritura de Macedonio Fernández. Según nos recuerda Ricardo Piglia, Macedonio escribió en una lengua que no existe, en los márgenes del discurso. Escribió así el Museo de la novela de la eterna, novela hecha enteramente de prólogos, de relatos inacabados que son anuncios de una novela por venir, fragmentos de una novela que no termina nunca de llegar. El diálogo con el lector se hace constante en estas páginas, que buscan construir un lector autónomo. “La obra en que el lector será por fin leído”, escribe Macedonio, “Biografía del lector”. El autor, además, confiesa en ellas los límites de su expresión, que le obligan a una práctica fragmentaria de la escritura. “Disculpa por presentarte un libro inseguido que como tal es una interrupción”, le dice Macedonio al lector, y añade: “aún no tengo ni comprensión verdadera de la teoría de la novela, ni estética ni plan de la mía”. Confiesa incluso su propia inexistencia como “yo”, como autor supuesto de los fragmentos inacabados que el lector, por descontado, deberá acabar por sí mismo.

No hay obras concluidas, piensa Macedonio Fernández. Cualquier obra es un ir haciéndose que no termina. Todos los libros son escrituras abiertas, inconclusas. Ricardo Piglia nos recuerda, por lo demás, otro rasgo clave de Macedonio: su decisión de negarse a publicar, de retirarse del mercado. Su entera escritura será así la obra no concluida, siempre en proceso de realización, la obra hecha de proyectos de novelas, de obras haciéndose que, además, se hurtan progresivamente al comercio de lo publicable.

Con esta obra casi secreta y siempre en proceso se encuentra entonces un lector privilegiado, Jorge Luis Borges, que reconoce en Macedonio su mayor antecedente espiritual, casi su propia imagen especular. Para Borges, lo más decisivo de la literatura será el ejercicio constante de la lectura, la conjunción de un doble proceso dialógico: de los libros entre sí y de éstos con el lector. Es Borges quien escribe que “ya no puede haber textos sino borradores. El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”.

Para el inmenso lector que fue Borges, son las diversas generaciones de lectores las que otorgan su auténtica realidad a los textos literarios, las que convierten en inagotables, abiertos e inacabados sus sentidos. “Un libro es un diálogo”, dice Borges, “una forma de relación”. Quienes abogan por los juegos concluidos del lenguaje, por las obras monolíticas y los sentidos clausurados, “olvidan que un libro es más que una estructura verbal, o que una serie de estructuras verbales; es el diálogo que entabla con su lector (…) Ese diálogo es infinito (…) Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída”.

Ha sido Ricardo Piglia quien, en la literatura contemporánea, ha recogido el testigo de estos dos escritores argentinos que le preceden para articular la noción de uso de los textos como acontecimiento decisivo de la relación literaria. La lectura es la relación fundamental de la literatura, incluso escribir es leer o releer. Para Piglia la literatura es aquello que le ocurre al lector. Es de este modo el uso que hacemos de los textos en general, leyendo y escribiendo (la escritura concebida como potencia de lectura futura y de relectura del pasado), lo que constituye la relación dialógica fundamental que la literatura, en sentido amplio, pone en obra. En obra haciéndose.

Ricardo Piglia se apropia, usa, lee, reformula, reactiva y desplaza en su propia escritura, también fragmentaria y abierta, también inacaba e inagotable, aquello que Macedonio y Borges nos legaron como cuestiones abiertas al porvenir. “Una de las aspiraciones de Macedonio era convertirse en inédito. Borrar sus huellas, ser leído como se lee a un desconocido, sin previo aviso”, escribe Piglia. En el mismo libro, cuyo nombre es Formas breves, puede leerse también lo siguiente en referencia a Borges: “La lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos”.

En El último lector, Piglia habla entonces de “un uso práctico de la literatura” (la cursiva es mía). “Leer desde ahí quiere decir leer como si el libro no estuviera nunca terminado. Ningún libro lo está por más logrado que parezca. No existe el texto cerrado y perfecto: la terminación, en el sentido artesanal, lleva a buscar en el revés los lugares de construcción y a plantear de otro modo el problema del sentido”. En su itinerario por la lectura y las figuras del lector, termina Piglia arribando a Joyce, cruzándose con su noción de work in progress, “de obra en marcha, de dispositivo que nunca está fijo”. Este modo último de leer, de usar y apropiarse los textos, desplaza la cuestión del sentido, relacionándola con la tensión entre uso y valor. “El derroche, la limosna, los préstamos, el crédito, todos estos términos podrían ser metáforas muy productivas de los modos de leer”, escribe Piglia. “Un sistema de apropiación, más que de interpretación, define los usos”.

Esta escueta genealogía, que no es fílmica, es una de las fuentes de las que bebe el cine procesual. O por decirlo con palabras de Jean-Louis Comolli: “el cine es lo que le ocurre al espectador”. Es decir, al que espera. Al que espera el cine por venir. El cine procesual es lo que le ocurre a quien lo usa y lo hace, fragmentariamente, como algo siempre inacabado, siempre haciéndose.

 

 

Fuentes (por orden de aparición):

Ricardo Piglia, El último lector, Ed. Anagrama, Barcelona, 2005.

                       Formas breves, Ed. Anagrama, Barcelona, 2000.

Fernando Rodríguez Lafuente, “Introducción” a Museo de la novela de la eterna, de Macedonio Fernández, Ediciones Cátedra, Madrid, 1995.

Macedonio Fernández, Museo de la novela de la eterna, Ediciones Cátedra, Madrid, 1995.

Ricardo Piglia, Por un relato futuro. Conversaciones con Juan José Saer, Ed.  Anagrama, Barcelona, 2015.

Jorge Luis Borges, prólogo a “Paul Valéry. El cementerio marino”, en Miscelánea, Random House Mondadori, Barcelona, 2011.

“Nota sobre (hacia) Bernard Shaw”, en Otras inquisiciones, contenido en Obras Completas I, RBA Coleccionables, Barcelona, 2005.

Ricardo Piglia, Crítica y ficción, Ed. Anagrama, Barcelona, 2001.

           La forma inicial. Conversaciones en Princeton, Ed. Sexto Piso, Méxco D.F., 2015.

Jean-Louis Comolli, Filmar para ver. Escritos de teoría y crítica de cine. Ediciones Simurg/Cátedra La Ferla (UBA), Buenos Aires, 2002.


Autor

Miguel Ángel Baixauli

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